Mostrando entradas con la etiqueta Diario Tiempo Argentino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diario Tiempo Argentino. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de septiembre de 2012

Auch!

El 19-12-2010 Hernán Brienza abrió su serie Apuntes para la militancia: "La toma del Parque Indoamericano mostró la peor cara de nuestra sociedad: xenofobia, racismo, impericia, desgobierno. Fue una fuerte derrota cultural para aquellos que militan en el campo del respeto a la diversidad, el humanismo y la defensa de los sectores populares."

El 26-12-2010 apareció Apuntes para la militancia II donde hace una caracterización de enemigos,adversarios, la situación internacional y analiza las perspectivas para las elecciones del 2011.

El 26-4-2011, Apuntes para la militancia III: "Hoy, casi 40 años después de aquellos sucesos, una nueva juventud está asomándose a la política. Son los muchachos de La Cámpora, la Sindical, el Movimiento Evita, Descamisados, la Corriente, entre otras. Y lo hacen desde la movilización política, bulliciosamente, como lo hace siempre la juventud."

Ayer nos desayunamos con Apuntes para la militancia IV:

La necesidad de debatir sobre la identidad del kirchnerismo.La alternativa es organización y unidad o extinción.

¿Por qué los medios de comunicación opositores la emprenden contra La Cámpora, contra Vatayón Militante, contra la Tupac Amaru?

¿Por qué los grandes periodistas que le dan cobertura –complicidad– a los desaguisados políticos, económicos, republicanos del macrismo ocupan páginas y páginas de sus diarios fiscalizando si algún militante camporista se "afana" un jarrón de algún hotel?

¿Por qué los editorialistas de radio y televisión de la noche a la mañana se obsesionan por los modelitos de alta costura que usan las morochos y morochas del barrio Alto Comedero, allí en las afueras de San Salvador del Jujuy?

¿Por qué incluso los voceros de los sectores dominantes siempre se encuentran más espantados por cualquier tipo de red de tipo clientelista hacia los sectores populares –ya sea en el sur de la Ciudad de Buenos Aires o en el Conurbano– que por políticas clientelares a los lobbies económicos?

No son arranques de moralidad republicana farisea. Tampoco son gestos de hipocresía de aquellos que se rasgan las vestiduras intentando quitar la paja en el ojo ajeno sin sacarse primero la viga en el ojo propio.

Tienen muy en claro por qué lo hacen.

Sencillo: lo hacen porque aprendieron las lecciones que el propio Juan Domingo Perón intentó enseñarles a los peronistas.

En abril de este año, en el acto que se realizó en Vélez, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner realizó una convocatoria significativa. Al cerrar su discurso dijo: "Siempre que el pueblo... siempre que en las circunstancias históricas ha sufrido derrotas... cada vez que los trabajadores han perdido sus conquistas y han retro- cedido... Cada vez que los empresarios nacio- nales se desindustrializa- ron, tuvieron que cerrar sus fábricas o tuvieron que cerrar las persianas. Cada vez que argentinos sin oportunidades se iban afuera. Cada vez que jóvenes hacían filas en las embajadas para irse del país. Cada vez que se iban los científicos por falta de oportunidades era porque antes nos habían dividido y enfrentado entre nosotros y sobre esas diferencias y esos falsos enfrentamientos lucraron unos pocos. Por eso no me voy a cansar una y otra vez casi tercamente de pedirles a todos unidad y organización, y decirles a todos que la historia no se escribe en línea recta con una estilográfica donde siempre todo es prolijito desde el primer renglón hasta el último. Al contrario, la historia tiene marchas y contramarchas, claros y oscuros, avances y retrocesos. Tenemos que tener la claridad aquellos que tenemos la responsabilidad de haber vivido una Argentina dividida, de haber vivido una Argentina enfrentada de tener en la memoria colectiva la necesidad de la unidad nacional. Más aun en un mundo complejo, difícil, como el que estamos viviendo y ante una oportunidad histórica que se nos abre como país y como región."

Golpear a las organizaciones políticas es, entonces, parte de una estrategia política determinada por parte de quienes intentan cortar las posibilidades de crecimiento y duración del peronismo kirchnerista a lo largo del tiempo. Obviamente, no estoy queriendo justificar los errores de Vatayón Militante –al que al menos hay que adjudicarle inocencia y falta de oportunidad–, algún que otro desliz políticamente incorrecto por parte de un par de militantes de la Tupac o el excesivo entusiasmo de La Cámpora por hacer política en los "Talleres de preparación emocional para el parto y el post parto" o en las guarderías para bebés.

Lo que sí quiero significar es que en esas críticas –más allá de la mala intención y de las operaciones mediáticas vergonzantes– se esconden cierta pacatería política y, sobre todo, una concepción liberal conservadora de la vida en comunidad.

El liberalismo conservador (LC) es, como se sabe, un bloque hegemónico minoritario en la historia argentina pero con gran cantidad de recursos económicos, militares y mediáticos para imponerse a lo largo de estos 200 años.

Su concepción de la política es la de "individualización" del ciudadano. Es decir, el hombre y la mujer no son sujetos activos de la vida en común sino simplemente "vecinos", "individuos", "gente" sin derecho a la conciencia ni a la acción política.

En ese sentido son "pre-políticos", ya que entienden a la sociedad como Pax Romana en el mejor de los casos o como la Paz Sepulchrum, como lo han demostrado en 1955 y 1976.

La esfera pública está restringida a los sectores dominantes –como ocurrió en el siglo XIX– o a la clase política profesional pero nunca al "individuo desciudadanizado". A lo sumo puede protestar de vez en cuando contra la clase política pero jamás organizarse y movilizarse para construir "nudos" de poder al interior de la sociedad.

Así, los sindicatos son sólo "mafias", las organizaciones de base siempre "punteros clientelares" y la militancia juvenil "juventudes hitlerianas".

Esta concepción del LC tiene su versión más cruel en sus políticas represivas. Intervención en la CGT, persecuciones a militantes y prohibición de toda actividad política durante las dictaduras –esto el peronismo lo conoce en carne propia, aun cuando hoy los supuestos peronistas que militan en el PRO hagan malabarismo intelectuales negándolo para justificar su defección doctrinaria– y, en versiones más amenas, se trata de una minimalización de la participación ciudadana en la toma de decisiones colectivas –¿las comunas de CABA, bien, gracias, no?– hasta reducirla a la utilización de las bicisendas que permite el poder del LC.

Perón decía que lo que diferencia a la "masa" de un "pueblo" es su capacidad de organización. Esa es la gran lección que siempre ha sabido el LC, pero que nunca pudo hacer suya el propio movimiento nacional y popular: en su versión radical ha logrado constituir un partido orgánico, en su versión peronista, apenas una liga de gobernadores.

En el Prólogo a Conducción política, Perón dice: "Lo único que vence al número es la organización. Y no sólo esto. La organización es lo único que ha conseguido vencer a la muerte. Porque la organización también vence al tiempo. No los hombres, pero sí las organizaciones. Las organizaciones sobreviven a los hombres. Quiere decir que es el único invento del hombre que ha sobrepasado al tiempo. La organización vence, pues, al número y vence al tiempo."

Los tiempos que se avecinan presentan un gran desafío para el peronismo kirchnerista. Y buena parte de su futuro se juega en la solidez, en la fortaleza, pero también en la agilidad de sus estructuras organizacionales.

He viajado por las provincias y he podido comprobar que muchas agrupaciones políticas son hoy poco más que franquicias con derecho a vender merchandising kirchnerista.

Hay localidades en la que existen tres Cámporas diferentes y enemistadas entre sí, lugares donde el Movimiento Evita, Kolina, La Cámpora, Descamisados, Peronismo militante y La Jauretche, por ejemplo, no pueden articular actividades en conjunto por supuestas diferencias irreconciliables.

Ese proceso de autodivisión militante propia del trotskismo por ver quién interpreta mejor el kirchnerismo en el territorio puede convertirse en el principal factor de debilidad estructural para un futuro cercano.

Es decir, si la militancia se resume a una colección de kiosquitos particulares no unirá al kirchnerismo ni el espanto del liberalismo conservador y quedarán condenados a ser cotos de caza de liderazgos localistas.

El otro desafío que debe afrontar es el de la apertura del debate orgánico y programático. A riesgo de convertirme en un burocratista confeso, sostengo que el kirchnerismo se debe a sí mismo un gran debate sobre su identidad, sus formas de organización con representatividad vertical pero también horizontal y territorial, con liderazgos naturales, y renovación de ideas y de figuras políticas.

A riesgo de ser demasiado ingenuo, creo que, así como tras la muerte de Néstor Kirchner era necesario un tiempo de lealtad proba, ante la vecindad de tiempos difíciles urge la posibilidad de construcciones en las que la generosidad y la confianza mutua –si esto es posible en política– sean sustantivas.

Reformulando a Perón y a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner sostengo que hoy la alternativa es organización y unidad o extinción.


Los voceros del liberalismo conservador –aun los que se disfrazan de progresistas– lo saben. Por eso disparan hacia las organizaciones políticas. 

___________________________________

Podemos coincidir mucho, poquito (nada no creo), pero celebro que alguien dé el puntapié inicial en un tema casi tabú para empezar a profundizar un debate que nos debemos.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Moreno, el costo de la dignidad

Por Jorge Giles
para Tiempo Argentino
Con mejores y más bellas palabras que estas, el escritor y ensayista Ricardo Piglia expresó en su exquisito programa del Canal Público, que los escritores liberales y conservadores se encargaron de retratar desde el siglo XIX a la fecha, el falso paradigma del militante popular, de aquel que se identifica plenamente con un liderazgo fuerte, como en distintos tiempos ejercieron Rosas, Yrigoyen o Perón.

Desde Mármol y Sarmiento hasta Borges incluido, según Piglia, pareciera que el único creador y portador de “verdades” es el liberal, mientras que lo popular siempre sabrá a copia falsa, a seguidismo, a fanatismo, a corruptela.


Desde la tribuna gorila contemporánea, dirían hoy que los militantes nacionales y populares son los que van a la Plaza por el chori y el vino.

O por un plan. O por una paga cualquiera.

Como si tener “ideas” fuese propiedad privada y exclusiva de los conservadores.

¡Cuánta historia que tiene la estigmatización y el desprecio de Clarín, La Nación y sus gerentes políticos sobre los jóvenes de La Cámpora y sobre todos los que declaran su identidad con el gobierno de Cristina!


Quizá un caso emblemático de esta persecución sea el del Secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno.

¿Les falta algo por decir de él? ¿Aun les quedan editoriales y tapas de diarios para denostarlo todavía más?

Claro, cuando se revela la verdad a través de un video completo, como el que circula en las redes sociales, es posible entender el caracú del asunto.


De un lado se ven los representantes del monopolio mediático en la Asamblea de Papel Prensa, defendiendo violentamente sus abultados honorarios.

Del otro, Guillermo Moreno como representante del Estado, defendiendo sin dobleces los intereses del conjunto de la sociedad.

Allí está la explicación del odio a Moreno.

Esa conducta íntegra y honesta del funcionario es la generadora del desprecio de Clarín y sus alcahuetes.

Es el costo de la dignidad, en todo tiempo y lugar.

Estamos viviendo una coyuntura donde se define un largo trazo en la historia de los argentinos.

Y aquí te quiero ver.

Porque esta batalla cultural por un país más justo, sin empresarios ni obispos que se hicieron poderosos manchándose las manos con sangre de nuestros compatriotas durante la última dictadura, necesita de la potente voz del pueblo en su conjunto, como dijera la Presidenta días pasados.

Y necesita de los jóvenes, con sus rebeldías, con sus sueños, con su patriotismo.

Votando, cuando llegue el día, por quiénes ellos quieran votar.

Aunque algunos adultos que fueron responsables de tantas desgracias, pretendan callarlos en la escuela, en la universidad y en las calles de un país cada vez más libre.


sábado, 23 de abril de 2011

Este blog se solidariza con Vargas Llosa

Primero Horacio González que no lo quería en la Feria del Libro. Pero eso de que no vuelva a pisar suelo argentino como quiere Ricardito Alfonsinito es mucho.

Está bien que el tipo sea una mierda, pero que vuelva cuando quiera che.




domingo, 28 de noviembre de 2010

Apasionante

Por Hernán Brienza
Los aportes más valiosos de Kirchner a la política argentina

Análisis del legado del ex presidente, al cumplirse un mes de su muerte







Renovó la democracia e impuso un verdadero cambio de paradigma. Con un estilo desacartonado, rescató el valor de la militancia, enfrentó a los más poderosos y tuvo la lucidez de sentirse, en todo momento, un tipo común.

Apasionante… Es apasionante”, repetía Néstor Kirchner como un autómata. La anécdota la cuenta un intendente santafesino. Promediaba el año 2008, el más duro y difícil en lo que va del proceso del peronismo kirchnerista. Los intendentes y demás operadores políticos se miraban unos a otros. La Mesa de Enlace de los representantes de las organizaciones patronales del campo todavía intentaba desestabilizar al gobierno de Cristina Fernández. Ya habían pasado los 50 días del brutal lock out, ya había sido desabastecida Buenos Aires, y los precios de los alimentos comenzaban a espiralarse.
Los intendentes peronistas se despegaban de a poco del gobierno nacional y él, detrás de la escena política, trataba de atar lo desunido, de contener la diáspora, de enhebrar las filas para enfrentar el Waterloo que parecían las elecciones de 2009. Y él estaba allí, en el centro de la reunión, diciendo: “Es apasionante, la política es apasionante”, mientras los demás se agarraban la cabeza.

Ese músculo tenso, esa pasión, esa ferocidad de la acción era Néstor Kirchner. Era política pura, pragmatismo y estrategia, pero no era cultor de un pragmatismo cínico y desideologizado. Ayer se cumplió un mes exacto de su muerte y las fechas redondas, por mínimas que sean, obligan a un caprichoso repaso de sus presencias y sus ausencias.
Decir que Néstor Kirchner partió la política en un antes y un después no significa absolutamente nada a esta altura. Es una verdad tan evidente como innecesaria de pronunciarse, pero creo que es interesante comenzar a analizar, desgajar, desmenuzar qué fue exactamente lo que aportó el ex presidente a la sociedad argentina.

Kirchner entró como un ventarrón patagónico renovando a la democracia argentina en casi todos sus aspectos: introdujo un cambio de paradigma a) estético, b) ético, c) ideológico y d) político.

Repasemos.

a) Era alto, flaco, desgarbado, con mirada estrábica, narigón, sudaba a mares, vestía por fuera del protocolo, tenía movimientos espasmódicos con las manos, pronunciaba mal las eses. Nada más alejado del perfil estético que habían intentado implantar en los noventa Carlos Menem, con su “berretismo fashion” a fuerza de implantes capilares y aguijonazos de avispa, y de los trajes lustrosos con pañuelito de seda en los bolsillos que usaban los funcionarios menemistas. Tampoco utilizaba esas camperas cardón de carpincho tan sojeras que caracterizaban a Fernando de la Rúa, ni echó mano a los publicistas de moda para que le aconsejaran usar lentes sin marcos o repetir frases como “qué lindo es dar buenas noticias”. Nada de eso. Allí estaba el feo de Kirchner siendo como era. Jugando con el bastón de mando en la asunción. Escapándole a la formalidad como quien sabe que las convenciones son el refugio de los inseguros, de los mediocres.

En términos estéticos, Kirchner era subversivo. Cuestionaba el orden y la lógica hollywoodense de la estética política. Y decía, proclamaba, algo interesante para analizar: identificaba, representaba, no a los ganadores, a los lindos comunes de Punta del Este, sino a los transpiradores, a los bizcos, a los mal vestidos, a los gordos, a los feos, a esa inmensa romería de tipos comunes que son tiranizados constantemente por las pautas estéticas de la televisión fashion.

b) Kirchner, de alguna manera, trastocó también la lógica de la ética política. Pivoteó entre la ética de la convicción y la ética pragmática –que rebota como bola de flipper entre la responsabilidad y la conveniencia–, pero por sobre todas las cosas construyó una moral personal que está presente en muy pocos hombres públicos. Nadie en su sano juicio puede analizar la política bajo el imperio de los valores morales. Eso lo sabe hasta la diputada Cynthia Hotton. La administración del poder es siempre injusta, deja heridos, mancha. El poder se basa también en la circulación de recursos, por lo tanto, tampoco se puede pedir asepsia en esa circulación. Pero en Kirchner el orden de prioridades estaba invertido. No era la financiación lo sustantivo en su accionar. Para él lo más importante era la construcción política, lo “apasionante”. Su accionar era un pragmatismo estratégico con un “nosotros”, no era el oportunismo cínico y vaciado de contenido de los años noventa.
Hacer política fue sustancial para él. Tanto que operó y operó hasta las dos de la mañana del 27 de octubre, cinco horas antes de su muerte. En esa obsesión hay un mensaje: no es la riqueza personal ni la ambición de poder la quimera a seguir. Se trata simplemente del disfrute de “entregar la vida” –no en términos setentistas, claro– por la política.

c) Tras el festival fukuyamesco del fin de la Historia y la muerte de las ideologías, la aparición del kirchnerismo como emergente de esa nueva corriente latinoamericana –con las experiencias de Hugo Chávez, de Evo Morales, de Lula da Silva, de Rafael Correa, cada una con sus profundizaciones diferentes– que podría caracterizarse como un neonacionalismo popular y americano que tiene al intervencionismo estatal como su herramienta de transformación y de inclusión social que hace frente, en menor o en mayor medida, a las corporaciones y a la lógica del mercado capitalista. Kirchner basó su liderazgo frente a la sociedad a través de la confrontación ideológica, ya no en términos de grandes relatos, pero sí en función de decisiones políticas, más recostadas sobre un marco previo de ideas y valores que sobre la conveniencia estrictamente especulativa.

Nadie en su sano juicio puede decir que Menem y De la Rúa no tuvieran, por ejemplo, una clara adscripción al neoliberalismo, pero a diferencia de Kirchner, no lo hacían explícito, se refugiaban en la razón de Estado, el pragmatismo oportunista y la ética de la responsabilidad para enmascarar sus propias ideas y su sujeción ideológica a las directivas del FMI y a los preceptos del Consenso de Washington. Allí había una novedad: Kirchner creía que lo ideológico era una forma de legitimación política y la hacía rodar en el juego de la confrontación y el debate. Por primera vez en mucho tiempo, la Argentina, con el kirchnerismo, discutió ideas y política. A principios de los ’90, el neoliberalismo también planteó ideas, pero la hegemonía del pensamiento único fue tan abrumadora que anuló cualquier tipo de polémica. En la primera década del siglo XXI, en cambio, el discurso ideológico se instaló como agonía para filtrarse en las grietas que desmoronaban al neoliberalismo.

d) La primera cuestión es que Kirchner construía poder golpeando y negociando. Esa parecía ser su forma de acumular voluntades, de sellar acuerdos y legitimidades. La ferocidad era su principal herramienta y su caballo de batalla, aun en momentos de debilidad política como durante la asunción de la presidencia con el 22% de los votos. La pelea, la discusión, el debate, era la forma en que mejor se desenvolvía. Su legitimidad consistía en su capacidad para demostrar fortaleza ante quienes aparecían –y algunos lo eran– poderosos: los militares, la Iglesia, La Nación, el FMI, George W. Bush, Eduardo Duhalde, el Grupo Clarín. Su capital político era construirse a sí mismo como un “paladín” del pueblo, en términos simbólicos, y cierta práctica del coraje.

Kirchner huía para adelante. Lo demostró fundamentalmente cuando perdió las elecciones de junio de 2009. En el momento en que todos aconsejaban prudencia, moderación, racionalidad política, él salió de su escondite y fue por más. Enfrentó al Grupo Clarín y marcó la agenda de la oposición con la Ley de Medios, la Asignación Universal por Hijo y la Reforma Política. Y así recuperó la iniciativa política que podría haber perdido tras las elecciones legislativas.

Por último, Néstor Kirchner era un gran creativo de la política. Estaba no sólo todo el día administrándola sino también creando alternativas que sorprendieran y pusieran en jaque tanto a la oposición como a los aliados. Pero, incansable, no sólo se dedicaba al armado del poder. También tenía una gran experiencia en la gestión pública. Su experiencia como intendente y como gobernador lo había dotado de nociones básicas para comprender el funcionamiento de cualquier tipo de Ejecutivo. Guste o no, Kirchner sabía de economía, de gestión, de administración de los recursos del Estado. Por eso fue, sin dudas, el político más completo de las últimas décadas.

Escribir sobre Kirchner a un mes de su muerte no es fácil. Sobre él se ha instalado un mito que cubre, fundamentalmente, al propio Kirchner. No era perfecto, no era infalible. Querer convertirlo en un tótem es un error, excepto que se quiera ocultar algún abismo. No necesita del mito, porque por sobre todas las cosas era un rompedor de moldes y de mitos.
Un informal. Su característica personal era cierta alegría vital que le imprimía a su accionar. En algunos momentos, parecía que vivía de joda. Riéndose, cabeceando cámaras, abrazándose con la gente, todo desaliñado, transpirado. En algún punto le devolvió alegría a la política, pasión, con su muerte le dio vida. Difícil comprender a un mes qué significará su ausencia y qué dirá la Historia de él. Es posible que su principal virtud haya sido, como escribió José Pablo Feinmann en 2003, que era un tipo común, uno como nosotros. Allí radicó su fuerza política también. Nunca dejó de representar a una gran mayoría de imperfectos ciudadanos de a pie. En cierta manera, Kirchner nunca dejó de funcionar, simbólicamente, como un delegado.

domingo, 29 de agosto de 2010

¡Es la política, estúpido!

Por Hernán Brienza







Nada. No significa nada. Ni la excelente investigación que publicó este diario sobre la compraventa de la empresa Papel Prensa ni la impecable presentación del informe que realizó el martes la presidenta de la Nación. No importan ni Clarín ni La Nación, ni los Graiver ni los Papaleo. Ni el caso Papel Prensa, ni las líneas que estás leyendo esta mañana de domingo. Es decir, todo lo que ocurrió esta semana son apenas anécdotas dentro de esta larga historia en la que los grupos mediáticos concentrados y los acumuladores de riqueza de este país les mapearon la vida a los argentinos. Digo que no significa nada si mañana o pasado todos nos vamos a olvidar de las formas en que, desde la última dictadura militar, es formateada y secuestrada la voluntad y la conciencia de millones de personas. Porque esta semana quedó claro: se opera la información, se deforma, se engaña y se miente con el único objetivo de mantener las riendas del poder (ya veremos de qué poder hablamos).

Yo, que soy un poco cínico –en el sentido griego del término-, miraba en la redacción – a Roberto Caballero, a Cynthia Ottaviano y a Juan Alonso, la noche anterior a la tapa en que se denudó como mentía Isidoro Graiver, y juro que transpiraban periodismo. Entre empanadas y vino tinto, iban y venían, se preguntaban por las convicciones, por metodologías, discutían por sinónimos, por calificativos. Juan, por ejemplo, estaba convencido de que a veces “hay que apostar todo lo que uno creyó a lo largo de 40 años en una sola noche”. Y yo, que estaba tratando de escribir mis 2200 caracteres, formaba parte, contra mi voluntad, claro está, de esta célula dormida de la secta del teclado y el coraje. Y los admiraba. Porque si queda algo digno de admirar en estos tiempos de confusión, de todos contra todos, de especulaciones, de frialdades innecesarias, es, quizás, la valentía personal, o mejor dicho, la valentía de grupo, que es todavía mucho más esporádica que el arrojo solitario.

Los tres rondan los 40 años. Pertenecen a una generación domesticada por la dictadura militar que les implantó el miedo en los colegios –algo así como la glándula del terror que llevan cerca del corazón los Manos de El Eternauta–, luego han sido disciplinados por el mercado en la época de la brutal desocupación menemista; y mientras todo eso ocurría fueron bombardeados constantemente por los medios de comunicación que avanzaban hacia un concentración de poder feroz –que se inició durante los años sangrientos de Jorge Rafael Videla y José Martínez de Hoz (Papel Prensa mediante) y se profundizó durante la fiesta del remate de los años de Domingo Cavallo. Uno podría decir que pertenecen a la generación a la que le secuestraron la conciencia, es decir, intentaron clavarle en la nuca el teledirector que los Manos le insertaban a los hombres-robots. Y sin embargo, esa noche estaban allí, desafiando a los Ellos sólo con un tecladito y un grabador como únicas armas.

En los últimos 40 años, la Argentina se diagramó a gusto de los acumuladores de riqueza. Tuvieron el poder político –el imperio militar–, la propiedad de los recursos económicos e intelectuales orgánicos para darle legitimidad y consenso. Nada más parecido a la hegemonía gramsciana que eso. Fueron tan pero tan poderosos que la sociedad argentina nunca sabía quiénes eran ni cómo actuaban. No se daba cuenta de ese dominio. Recién ahora ese bloque histórico se está resquebrajando: por las grietas y filtraciones se comienzan a ver sus mentiras, sus intenciones, sus intereses. Y los diarios La Nación y Clarín han demostrado la peor de sus caras: con el testimonio de Isidoro Graiver probaron hasta dónde son capaces de llegar. ¿No van a pagar ningún precio? ¿No van a hacer un “mea culpa” público?

Nada de esto es significativo respecto del disputa que se avecina. La “patria del suceder” –como la llamaba Leopoldo Marechal– está cambiando su piel. En este año del Bicentenario, dos Argentinas se enfrentan. Por un lado, la diagramada por la dictadura militar, por las corporaciones y los monopolios; la que cree que la economía está por encima de la voluntad popular y llena los gobiernos de tecnócratas sin ideas, de funcionarios obscenos, y los diarios de periodistas “independientes”. Por el otro, hay una Argentina que replica las ideas de Mayo de 1810: democratizar, multiplicar, horizontalizar. Ese es el espíritu Bicentenario, desmediatizar la política, llenarla de contenido, desmonopolizar la comunicación, redistribuir la riqueza, aumentar la participación del pueblo en la toma de decisiones, tomar conciencia de que es el ciudadano con su voto el que construye el gran relato nacional y no los diarios –como se jactaba Mariano Grondona– los que imponen su agenda. En última instancia, la cuestión es –como bien se canta en las marchas y manifestaciones– “quién dirige la batuta / si el pueblo unido / o algún otro hijo de puta”. Esta es la pelea de fondo.

Por primera vez en muchos años, los números macroeconómicos están en regla: superávit fiscal, balanza comercial positiva, inflación controlable, dólar manejable, crecimiento sostenido. La Argentina no estaba acostumbrada a eso. Siempre había un “huracán económico” que casualmente disciplinaba al ciudadano de a pie y generaba millonarios negocios para algunos pocos. Recién ahora los argentinos podemos discutir qué tipo de democracia queremos. Y la línea divisoria no es si se es kirchnerista o antikirchnerista, peronista, radical, socialista, de derecha o de izquierda. El compromiso es con el país que debería ser sepultado o con el que debe llegar.

Por eso hubo políticos de distintas extracciones como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, Ricardo Alfonsín, Hermes Binner o Martín Sabbatella, por nombrar algunos, que enfrentaron y se separaron de los principales voceros de la Argentina concentrada y monopólica. Y por el otro, aquellos que se han convertido en poco menos que empleados del Grupo Clarín como Elisa Carrió, Patricia Bulrich, Ricardo Gil Lavedra o Fernando Pino Solanas, entre tantos que salieron a respaldar la operación que Héctor Magnetto realizó con Isidoro Graiver.

La pregunta que nos debemos hacer para separar la paja del trigo es: ¿qué políticos intentan representar –en mayor o menor medida y con sus distintos matices e ideas– al “pueblo argentino”, como dice la Constitución Nacional, y quiénes sólo representan –aún con discursos florentinos y frases pomposas– el interés de la Sociedad Rural, la AEA, la UIA y los diarios La Nación y Clarín? ¿Los argentinos queremos que nos representen los políticos –aún en esta democracia delegativa insuficiente– o ya estamos entregados a que nos ninguneen y nos tomen de rehenes los gerenciadores de los grandes grupos económicos?

Ya no es la economía el gran problema de los argentinos, por suerte, y quizás nunca lo haya sido. Sólo los estúpidos o los malintencionados –parafraseando al ex presidente estadounidense Bill Clinton– no se dan cuenta de que la cuestión vital para el futuro de un país es, simplemente, la política. Y me refiero a la política, como mediación, como consenso, como diálogo, pero también como conflicto. E incluyendo a los políticos de hoy, nacidos de lo mejor y de lo peor de nuestro pueblo. El resto es el mundo de lo “apolítico”, de la desidia, en el mejor de los casos, o de lo “impolítico”, con su doble cara: el autoritarismo ansioso, por parte de “la gente” que mira pasivamente la televisión, y la transformación del manejo de lo “público”, el Estado –ese “modo de estar de un pueblo” schmittiano–, en un coto de caza donde la “decisión” pertenece a los empresarios. Poder es decidir, como sugiere Carl Schmitt en su libro El concepto de lo político.

Por primera vez en muchos años –anotaría como antecedentes el primer gobierno de Perón, esos febriles meses de 1973 o la primavera alfonsinista– lo que se discute en esta argentina, aún en forma deshilachada, a veces con mayor o menor intensidad y profundización, es quién dirige la batuta, si una mayoría sustantiva y protagonista o alguna corporación económica a la que la rima barbárica le calce perfecto.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails Postes relacionados con miniaturas