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viernes, 8 de agosto de 2014

Como siempre, y una vez más: "es la política, o sea el poder, bobi" *

Por Mario Pietrangeli
Ante una discusión sobre los sucesos que hoy conmocionan a todo el mundo, si los sionistas ven que el debate va un poco más alto que la posibilidad de obturarlo con clichés baratos y sienten que quedarían un poco desubicados si solo repiten la acusación de "antisemita" o "judeo fóbico", generalmente van por otros dos lados para defender el accionar del Estado terrorista de Israel y quitarte autoridad o razón en el repudio al genocidio:
 
- Te exigen la necesidad de ciertos conocimientos: "vos no conocés bien la historia" o "no entenderías nunca la complejidad religiosa".
 
- Te marcan la ausencia de tu expresivo repudio en alguna o varias de las miles de situaciones de injusticia en la Tierra.

Mapa de conflictos mundiales
Comúnmente cada parte en conflicto tiene su relato histórico, religioso, y de todo lo que pueda explicar el origen y desarrollo de las relaciones interpesonales y sociales con su medio, y hasta con el "mas allá". Poderosos y marginados, victimarios y víctimas tienen una explicación íntimamente relacionada con sus intereses; pero siempre aparecen como más sólidas, verdaderas y multiplicadas las que crean y difunden los que detentaron y detentan más PODER.

Asimismo, ninguno de los que repudiamos el genocidio, al menos que yo conozca, negamos el enriquecimiento que significaría conocer lo histórico y lo religioso en éste como en cualquier caso. 

Mapa de flujo comercial
Pero la cosa es que no lo creemos fundamental o condición sine qua non para tomar la posición que nuestro más profundo sentido humano nos exige. Especialmente cuando nos sentimos compro- metidos con las situaciones sociales de nuestra época, y reconocemos que es en LO POLÍTICO donde se define cualquier situación.

Mapa de áreas con mayorías musulmanas
Entonces, es EL RESULTADO DE LAS RELACIONES DE PODER HOY, o sea, la forma cómo actúan hoy los más poderosos con los menos poderosos y viceversa, lo que las define. En consecuencia, si tenemos mediana capacidad para analizar lo político y vemos que ante la desproporción de poder, los poderosos están primero sometiendo a un pueblo, y luego ejecutando una matanza sistemática que lleva décadas, y que va hacia una clara limpieza étnica, ¡que carajo de legitimidad puede venir desde lo histórico o religioso para justificar o atenuar nuestro repudio ante esa terrorífica hijaputada!

El segundo argumento, el de la acusación de prestar única atención a este genocidio porque no te expresaste en todos y cada uno y hasta en los minúsculos y desconocidos casos de hijaputadas de los poderosos sobre los más débiles en cualquier pueblito lamentablemente desconocido, se cae solito siguiendo la misma línea política y del poder, que es parte fundamental en esta historia.

Mapa de petróleo y militarización en Caspio y Medio Oriente
Si este "conflicto" (ahora en Gaza, pero desde hace décadas en Medio Oriente, y desde la caída del Muro de Berlin contra los árabes, porque los imperialistas necesitaban reinstalar a otro "enemigo mayor de la humanidad" para manipularnos por el miedo y de paso afanarles todos los importantes recursos energé- ticos), cuenta con la participación de los países más poderosos de la Tierra con su atención centralizada allí y a favor de Israel, es más que lógico que también centralice nuestra atención, porque además de la profunda crueldad del genocidio, allí se está decidiendo la configuración del Mundo y de la Humanidad, y la repartija de esos poderosos sobre todo lo nuestro cual porotos, que luego nos revenden, y carísimos...porque todos vienen con el manual de la moralina funcional a sus intereses, que para colmo nos obligan a aprender y recitar de memoria para ganarnos el derecho a sobrevivir. Y guay de opinar distinto a lo que manda el poder!, porque te convertís automáticamente en un ignorante, fanático, terrorista, antisemita, o las cuatros cosas juntas, en este caso.
 
Mapa de reservas petroleras

* El título imita la misma lógica que la famosa frase "it's the Economy, idiot" para marcar la idea de incidencia y preeminencia de la Política también y especialmente sobre la Economía.

martes, 29 de julio de 2014

Quieren la guerra

Por  Ilya U. Topper










En el muro ponía con tiza
Quieren la guerra.
El que lo escribió
ya cayó en combate.

Este poema lo escribió Bertolt Brecht en 1939. Los tiempos han cambiado: hoy ya no se muere uno por denunciar que quieren la guerra. Puede repetirse mil veces, con tiza o en digital, y nadie escucha. Pero ya que puedo, lo diré una vez más.

Quieren la guerra. El bombardeo de Gaza por parte de Israel no es un intento de acabar con Hamás. Tampoco es un error estratégico. Tampoco una reacción emocional desmedida. Ni siquiera una búsqueda de votos de la ultraderecha. Es un intento desesperado de supervivencia de Israel. Es un esfuerzo supremo de sembrar odio y garantizarse un ambiente lo suficientemente hostil como para que mañana sigan saltando chispas, muertos, cohetes, bombas. Para que nunca haya paz.

Israel no tiene otra opción: la paz se ha convertido en un peligro mortal para este Estado. No tendría que haber sido así. Pero durante décadas, sus dirigentes han llevado el país hacia un callejón sin salida, un estado de excepción al que sólo la guerra continua puede dar apariencia de normalidad.


De niño encontré en un libro escolar alemán sobre Geografía de los años setenta un esbozo de las dos posibles soluciones del conflicto: Convertir el territorio de la histórica Palestina en un Estado “binacional” en el que todos los ciudadanos gozaran de los mismos derechos, o bien establecer dos Estados, uno para los judíos y otro para los palestinos, tal y como planteó la ONU en 1948, aunque llevándose el bando judio un territorio sustancialmente mayor que el originalmente adjudicado.

Curiosamente, el autor citado, israelí a juzgar por su apellido, se permitía el lujo de añadir que no creía en ninguna de las dos soluciones. Desde entonces he cavilado cuál era el futuro que sugería el ensayista. Obviamente era el de mantener el conflicto sin resolver.

La primera solución, por la abogan numerosos palestinos, pero también grandes intelectuales israelíes como Ilan Pappé, significaría el fin de Israel tal y como fue planteado por el sionismo hace un siglo: un hogar exclusivo (o casi) para judíos, o para lo que las autoridades de ese Estado entiendan como “judíos”. Sería simplemente un país más. Un país normal.

El sionismo fue un afán comprensible a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando estaban en boga las ideologías nacionalistas, decididas a construir Estados con una única “etnia”, alemana, húngara, turca, armenia, kurda… Que el mito bíblico de una descendencia genética común del “pueblo” judío, míto comparable a la virginidad de María o la existencia eterna del Corán, se encuadrara en este nacionalismo como si fuera una realidad histórica, es una de las mayores paradojas de la Historia; sería el mayor ridículo que haya hecho la humanidad, si sus resultados no fueran tan sangrientos, si no se lo hubiesen tomado en serio Hitler y sus secuaces.

Pero tras un siglo de doctrina sionista, esta convicción de necesitar un “Estado judío” es tan arraigada que es imposible dar marcha atrás, argumenta Uri Avnery, gran camarada de Pappé en el Qué y gran adversario suyo en el Cómo. Queda la otra solución, la biestatal, fácil, rápida, al alcance de mano, aprobada por la comunidad internacional, por Estados Unidos, por la UE, por la Liga Árabe, por la Autoridad Palestina y, con ciertas reservas perfectamente superables, hasta por Hamas. De boquilla, incluso por Israel.

¿Por qué no se lleva a cabo, pues? ¿Por qué, en lugar de irse evacuando a los 250.000 colonos extremistas de los Territorios Ocupados de Cisjordania, primer paso para devolver una coherencia territorial a una futura palestina, el Gobierno de Israel financia y protege, con enormes fondos y mayores despliegues militares, estos asentamientos cuya existencia es un crimen de guerra según la Convención de Ginebra? ¿Por qué Israel se niega en las negociaciones a definir cuáles serán sus fronteras?

Porque el establecimiento del Estado palestino acabaría con la guerra. Y es lo único que Israel no se puede permitir: renunciar a la guerra.

Porque Israel no es un país normal. Ha elegido no serlo. Ha elegido ser un país exclusivo para un colectivo que por imperativo religioso se cree una “etnia” en lugar de saberse un colectivo religioso. Y que de tanto confundir etnia con religión, biología con biblia, cromosoma con dios, ha acabado bifurcado en una teocracia agnóstica.

“¿Ves a éstos? Los de negro. No, a éstos nunca los monto en autostop. Los odio. Muchísimo más que a… más que a los árabes no puedo decir, porque a los árabes no los odio”. El viejo kibbutznik Uri hizo un movimiento de mano hacia unos jóvenes en el arcén de la carretera, vestidos de negro, con sombreros negros sobre los rizos de las sienes. Ultraortodoxos. Haredim, se llaman en Israel.

Una secta nacida en la Europa oriental del siglo XIX, los haredíes eran los mayores adversarios del sionismo agnóstico, pero una vez establecido Israel fueron aprovechándose del atractivo económico de un Estado dedicado a subvencionar a todo judío que quisiera asentarse en su territorio. Tienen tanto en común con un israelí de Tel Aviv como un talibán afgano con un alemán, salvo que no abogan por la lucha armada. Por la lucha, sí: en sus barrios, nadie debe romper las normas que consideran judías. Con una media de seis o siete hijos por familia, sus barrios se extienden cada día, sobre una alfombra roja extendida por los políticos que cortejan su fuerza de votos.

No habrá que esperar hasta dentro de medio siglo, cuando según la curva demográfica serán mayoría. Mucho antes, numeroso israelíes laicos, hartos de que se les escupa a sus hijas si no van con manga larga en verano, se irán, primero de Jerusalén, luego del país. Tel Aviv quedará como un gueto de laicos, un reducto de quienes se consideran los herederos del sionismo verdadero, la ideología agnóstica, marxista, que quiso crear un “nuevo judío” sin rezos ni sombreros. “En el kibbutz nos duchábamos juntos chicos y chicas. Estos están poniendo playas separadas para hombres y mujeres”, decía Uri. El que los haredíes se hagan con el país fundado por quienes querían acabar de una vez por todas con los rabinos y las sinagogas, es otro de los tristes chistes de la Historia.

Uri sacó una conclusión: “Si los árabes fueran listos, se quedarían quietecitos unos años. Sin atentados suicidas. Entonces, sin esa continua presión de un enemigo común, empezaríamos a ocuparnos de nosotros mismos. Y nos daríamos cuenta de que nuestras sociedades son irreconciliables. Estallaría la guerra civil”.

Este diálogo tuvo lugar en 2001. Desde entonces han cesado los ataques suicidas. Cisjordania está quieta, aguantando en silencio los crímenes diarios de los colonos – criminales de guerra según la ley internacional – y sólo Hamas le daba un poco de esperanza a Israel, un poco de la violencia cotidiana que necesita para sobrevivir. Hasta que, a primeros de junio, se acabó lo que se daba: Hamas dio su acuerdo a un gobierno de unidad palestina, sin exigir siquiera una participación efectiva. La paz parecía a la vuelta de la esquina. ¡Alerta roja!

A todo eso, encima Irán, que tantas veces ha servido de espantapájaros para la esquiva paloma de la paz, con media Europa prediciendo por cuarta, quinta y sexta vez el ataque inmediato e inevitable, está ahora tomándose cafés en Viena, con Bruselas certificando una “buena atmósfera” en las negociaciones nucleares. La situación parecía desesperada.

Nunca sabremos quién dio días después la orden de secuestrar y asesinar a tres adolescentes israelíes en una carretera de Cisjordania, rodeada por unidades militares israelíes. Sí sabemos que el Gobierno israelí utilizó ese secuestro, ocultando que ya se había verificado la muerte de los jóvenes, para construir una campaña de odio contra “los árabes” que habría hecho sonrojarse a un fascista veterano y para lanzar una campaña de detenciones, robos, saqueos y asesinatos por toda Cisjordania. Sin éxito. Sólo tras un bombardeo aéreo que mató a siete miembros de Hamas, por fin la milicia de Gaza empezó a lanzar cohetes. ¡Eureka!

Por fin, Israel pudo volver a afianzarse. Mesarse los cabellos por estar obligada a “vivir bajo la amenaza yihadista”, invocar el “derecho a autodefensa”, ponerle sirenas de alarma como música de fondo al adoctrinamiento de los niños en los colegios y a las colectas de dinero en Estados Unidos – done un búnker – , en fin, volver a respirar con alivio.

Porque así funciona el círculo vicioso que mantiene con vida al Estado, a sus elites políticas, a sus industrias armamentísticas, a sus lobbies internacionales, a sus ciudadanos con tanta afición a la ceguera: Israel mata a unos cientos de palestinos, suscita algunas condenas internacionales, unas cuantas manifestaciones y con suerte, editoriales en la prensa, y puede afirmar con orgullo que “todo el mundo está en contra de Israel”. Y si todo el mundo está en contra de Israel, evidentemente la culpa es del mundo que no soporta la existencia de Israel y estará en contra de Israel para los siglos de los siglos, amén. De manera que toda cosa llamada Naciones Unidas y toda convención de Ginebra no son más que ardides para acabar con Israel, así que no cumplir con nada de lo que digan es la única vía recta para el pueblo elegido.

Lo del pueblo elegido sólo lo dicen los rabinos, desde luego. Los ministros se contentan con invocar la divinidad del “antisemitismo”, en cuyo altar se sacrificarán cientos de niños palestinos. Porque sólo el Antisemitismo, con mayúscula, es lo que justifica la existencia de un país declarado “hogar judío”.

Si este círculo vicioso se rompiera, se podría descubrir que en el último medio siglo, el mundo ha aprendido a prescindir de mitos bíblicos y que el concepto de un Estado “étnico” no es acorde a la Carta de Derechos Humanos. Que los fundamentos del sionismo – la ficción bíblica de que un tal Dios prometió a “los judíos” una tierra situada entre Jordán y Mediterráneo, y su derivado seudocientífico de un “pueblo judío” dispersado desde esta tierra por el resto de países – no son más que una estafa. Que Israel es un anacronismo.

Claro que la existencia de Israel se justifica, desde el punto de vista del derecho internacional, simplemente con su existencia: sería contrario a los derechos humanos de sus ciudadanos si alguien quisiera forzarles a disolver su Estado. Pero Israel no puede permitirse el lujo de reconocer el concepto de derechos humanos mientras insista en otorgar más derechos a un neoyorquino con abuela judía que a un nativo que no tenga abuela judía.

Tal y como está planteada ahora, Israel es un Estado imposible, porque sus ciudadanos no son quienes lo habitan sino quienes son afiliados de una religión determinada, aunque no se la crean siquiera. Es decir, sus ciudadanos son personas de todo el planeta siempre que así lo definan los rabinos de Israel: una especia de teocracia cósmica.

Esta paradoja quedará en evidencia y quedará en ridículo al firmarse la paz. Israel tendría que reinventarse como país democrático, es decir, renunciando al sionismo como ideología oficial. Algo que es más difícil con cada día que pasa, cada día en el que se adoctrina a los niños en el colegio, se les enseña a adorar las armas y saberse el pueblo elegido. De manera que el círculo vicioso ha de seguir.

Pero nadie se puede bañar dos veces en el mismo río de sangre y nada en el cosmos descríbe círculos: todo avanza en espiral. Una espiral de violencia que con cada nueva vuelta tendrá que ir a más para producir el mismo efecto de rabia, furia y odio en el resto del mundo y el mismo nivel de nacionalismo fanático entre sus ciudadanos, rodeados – eso creen – de hordas antisemitas. Entre ese nacionalismo fanático armado, dispuesto a quemar vivos a “los árabes”, y el fanatismo religioso de los haredíes, dispuesto a borrar a las mujeres hasta de las fotografías, se halla el futuro de Israel.

Donde acabará la espiral no es fácil de predecir. Pero no será un espectáculo bonito. En todo caso, su fin no será la desaparición del pueblo palestino. Será el suicidio de Israel.

viernes, 4 de junio de 2010

Hijos y entenados

¿Sería exagerado considerar al Estado de Israel como la encarnación del ensañamiento y la brutalidad?

No lo creo. Desde su creación, el régimen sionista ha llevado a cabo acciones contrarias a las normas internacionales llevándose puestos los derechos humanos de todas las maneras posibles.

La relación de sangre del Estado de Israel con el pueblo palestino desde su existencia sólo puede ser comparado con las acciones llevadas a cabo por el nazismo.

El asalto del lunes de la Fuerzas de Defensa de Israel a la flota de ayuda humanitaria que se dirigía a la sitiada Franja de Gaza procedentes de Turquía dejó 9 muertos, o al menos 9 cuerpos fueron entregados, 38 heridos y unos 10 desaparecidos.

Como es su costumbre, el estado sionista violó nuevamente la Convención de Ginebra de 1949. Ahora bien, imaginemos que fuera, por ejemplo Irán, quien hubiese llevado a cabo una masacre semejante. Que sea ese estado el que mata al menos a dos civiles extranjeros al día. El que mantiene un millón y medio de refugiados en asentamientos que no cuentan con las condiciones más elementales para la vida, como agua y comida, sobreviviendo como pueden bajo la eterna amenaza de un asalto militar.

Habría quedado la cuestión en formales declaraciones de repudio por parte de la comunidad internacional?

Evidentemente hay hijos y entenados en el cumplimiento de los tratados internacionales. Recordemos lo expresado por la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner respecto del Reino Unido y nuestras Malvinas que al igual que el Estado sionista de Israel disfruta de una impunidad incondicional, sin ataduras de ningún tipo a obligaciones y responsabilidades.

Tras la disolución del régimen de apartheid de Sudáfrica, Israel es el único estado apartheid sobreviviente en el mundo.

¿Estados Unidos y sus aliados europeos no han cedido en el respaldo a los delitos de Tel Aviv. Recordemos la anterior incursión denominada “Operación Plomo Fundido”, que condujo a la ruptura de relaciones diplomáticas entre Israel y Venezuela, Bolivia, Qatar y Mauritania.

Stephen Harper, primer ministro canadiense, crispado por el programa nuclear de Irán, se limitó a expresar su dolor por las muertes y lesiones que "se han producido". Así, haciendo caso omiso de la autoría de quien ejecutó la masacre.

Obama estima que sería prematuro cindenar a Israel sin una previa investigación.

¿El resto? Más o menos el mismo cinismo. Unos pidieron aclaraciones a los embajadores israelíes. Otros lamentaron las muertes y se solidarizaron con los deudos. También están los que expresaron una "seria preocupación".

Nuestra Cancillería lanzó "un enérgico llamado al cese inmediato de actos de violencia que agravan la situación en el Medio Oriente y al levantamiento del bloqueo a la población de Gaza", abogando por “la libre circulación de las personas y el ingreso de ayuda humanitaria a esa región y reclama la estricta observancia del derecho internacional humanitario y de las resoluciones de la ONU conducentes a lograr una paz justa y duradera”.

Para mi gusto: poco.

En la Conferencia de examen del TNP (Tratado de No Proliferación de armas nucleares) de 2010, 186 países por unanimidad, pidieron a Israel que ponga todas sus instalaciones bajo supervisión de la Agenda Internacional de la Energía Atómica (AIEA), y adhiera al TNP, propuesta que Tel Aviv rechazó con la arrogancia que le es característica.

¿Hasta cuando la llamada "comunidad internacional", sobre todo aquellos que ayudaron a engendrar este monstruo hace 60 años, van a tolerar la agresividad israelí?
Fuimos testigos de cómo el Estado sionista de Israel expande su frontera de muerte sobre civiles, esta vez sin limitarse a palestinos.


Desde septiembre de 2000, el Estado sionista de Israel mató a más de 6.300 palestinos, la mayoría de ellos niños y civiles indefensos. Demolió más de 25.000 hogares palestinos desde 1967. Posee hasta 200 cabezas nucleares, violando la Resolución 487 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Recibe alrededor de 7 millones dólares de ayuda militar de los EE.UU. por día. 7.383 palestinos se mantienen en las cárceles de Israel. El régimen israelí ha construido 223 asentamientos en las tierras confiscadas a los palestinos.

Entre septiembre de 2000 y febrero de 2006, 36.589 palestinos fueron heridos por las fuerzas israelíes de los cuales 3.530 palestinos quedaron permanentemente discapacitados o mutilados.

En este período de seis años se confiscaron 249.680 km2 de tierras palestinas, arrasándolas, sin respetar vidas ni recursos naturales. Palestina ha perdido más de un millón de árboles.

Retomo la pregunta: ¿Qué hubiera sucedido si por ejemplo Irán, fuera el responsable de todos estos hechos?

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